La relación de Mozart con la masonería se inicia, en realidad, mucho antes de su ingreso formal en la logia Beneficencia. De hecho, su familia, desde el siglo XVII, estaba vinculada a la antigua masonería operativa, es decir, al hermético gremio de los constructores. En la Edad Media, los sabios albañiles que pusieron en pie las catedrales organizaron su actividad en un gremio cerrado, cuidadosamente jerarquizado según la especialización de sus miembros. Los albañiles eran llamados entonces masons, y dado que trabajaban la cantería con una piedra conocida como “piedra franca”, se los denominó francmasones. En las obras compartían una misma vivienda, a la que llamaban logia. En ella impartían las enseñanzas de su Arte Real a los aprendices, cuidando de que sus conocimientos se conservaran en el más absoluto secreto. De ahí surgiría, en 1716, la llamada masonería especulativa. Pues bien, el tatarabuelo de Wolfgang, David Mozart, fue albañil y maestro de obras, al igual que su bisabuelo Franz.
Fruto de su temprana familiaridad con los principios del Gran Arquitecto, en 1767, cuando Mozart tenía 11 años, compuso un lied –canción– de inspiración masónica para la hija del doctor Joseph Wolff, que era masón y le salvó de la viruela. En 1772 musicalizó un texto ritual masónico titulado Oh, Santa Unión de Hermanos, y un año después lo hizo con una obra del masón Tobías Philipp von Gebler, con quien coincidiría posteriormente como compañero de logia en La Verdadera Concordia de Viena.
07 mayo 2008
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